Cuando digo no, me siento culpable

¿Cuántas veces nos ha invadido un sentimiento de culpabilidad al negarnos a una sugerencia o petición de alguien o bien rebatir una opinión? Precisamente el evitar esa sensación incómoda es lo que nos empuja a veces a acceder a compromisos que no nos habíamos planteado u opiniones con las que muchas veces no estamos de acuerdo.

¿Realmente merece la pena evitar el remordimiento para auto-afligirnos un dilema moral? ¿Qué tiene de malo expresar nuestra opinión o negarle algo a alguien porque no se ajusta a nuestros valores? Un mismo mensaje se puede transmitir de diferentes formas, a veces no es tan importante el contenido como la FORMA de expresarlo.

Adoptar un estilo comunicacional asertivo implica expresar nuestra percepción sin agredir al otro. Es un punto intermedio entre la pasividad o sumisión a la opinión de los demás y la agresividad que implica el imponer nuestro punto de vista.

Existen diferentes técnicas para poner en práctica nuestra capacidad asertiva. Una de las más conocidas es la sencilla tarea del BANCO DE NIEBLA. Consiste en aceptar las críticas manipulativas o las opiniones opuestas reconociendo serenamente ante la otra persona la posibilidad de que exista parte de verdad en lo que dice, sin renunciar a nuestro de derecho de ser nuestros únicos jueces. Hablando siempre en términos de probabilidades, no debemos angustiarnos ante la idea de no ser sinceros, simplemente aceptamos que el otro podría estar en lo cierto.

Esta estrategia nos permite mantenernos en nuestro lugar pero sin confrontar en ningún momento, de hecho nos muestra abiertos a la percepción de la otra persona.

Para dejarlo más claro, os añado un ejemplo de diálogo entre dos alumnos que ponen en práctica la técnica (extraído del libro “Cuando digo no, me siento culpable” de Manuel J. Smith, 1975):

CRÍTICO: Veo que sigues vistiendo descuidadamente, como de costumbre.

ALUMNO: Es verdad, sigo vistiendo como de costumbre.

CRÍTICO: ¡Vaya pantalones! Parece que los hayas sacado de un contenedor y te los hayas puesto sin ni siquiera lavarlos ni plancharlos.

ALUMNO: Están un poco arrugadillos, ¿verdad?

CRÍTICO: ¡Qué sutil con lo de “arrugadillos”! En realidad está fatal.

ALUMNO: Probablemente tienes razón. Realmente están para tirar.

CRÍTICO: Y esta camiseta… ¡Qué mal gusto tienes, hijo!

ALUMNO: Probablemente tengas razón. El buen gusto en materia de atuendo no es uno de mis puntos fuertes.

CRÍTICO: Una persona capaz de vestir así no puede tener muchos puntos fuertes en nada.

ALUMNO: Tienes razón. Tengo un montón de defectos.

[…]

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